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Mitos sobre la sexualidad masculina

En la sociedad actual, nos encontramos en medio de un ajuste de cuentas en las relaciones entre hombres y mujeres, en las relaciones entre género y anatomía, y en las relaciones entre sexo y poder. De nuevo, porque precisamente no es una novedad, vamos a reforzar en uno de los sistemas de cambio de poder más antiguos. A lo largo de la mayoría de la historia, los hombres han aprovechado su poder social y su estatus para conseguir favores sexuales. Y las mujeres han usado su hermosura, su juventud y su sexualidad para acceder a un poder social que de otro modo les sería denegado.

 

El movimiento #MeToo va más allá del acoso. Hablamos de retar los vestigios de las viejas construcciones de poder, porque el patriarcado no solo daña a las mujeres, sino además a los hombres. Terry Real dice: «Bajo el patriarcado, tenemos la posibilidad de ser poderosos o estar conectados, pero no las dos cosas». Nuestro trabajo consiste en ayudar a los hombres e integrar esas dos dimensiones.

 

Las mujeres tuvieron unos 50 años en este país para repensar su lugar en el planeta, para organizarse, para expandir las definiciones de la identidad femenina. Los hombres todavía no tuvieron esa ocasión. Pero, para mí, siempre estuvo claro que la vida de las mujeres no va a cambiar hasta que los hombres lleguen y consigan llevar a cabo su propia reflexión y su ajuste de cuentas, hasta que consigan retar el vacío de definición de la masculinidad, y hasta que dejemos de no tocar a nuestros jóvenes de tres años porque no tenemos ganas que sean «mariquitas». Incluso antes de que nuestros hijos logren caminar, los padres sobrestiman su destreza física -lo bien que gatean- porque ya les estamos imponiendo una masculinidad fundamentada en el desempeño, construida sobre la soberanía, el silencio, la fuerza, la intrepidez y la rivalidad. Esta es la masculinidad tóxica: la norma misma.

 

Por eso debemos continuar invirtiendo para ayudar a las mujeres a hallar su voz y su poder. Y de forma simultánea, debemos ayudar a los hombres a ser capaces de abrir sus corazones con seguridad y enseñar su vulnerabilidad. Las emociones son humanas, y debemos liberarlas del reduccionismo concreto de género de etiquetar la inocencia y la suavidad como femeninas y el poder y la robustez como masculinos.

 

Con este artículo tratamos de desmentir viejos mitos y definiciones estrechas. Ahora mismo, nuestra primordial atención se enfoca en la naturaleza combativa, sádica y depredadora de la masculinidad, exactamente en la sexualidad masculina, y en los «hombres poderosos que acosan». Pero los hombres poderosos no acosan; los hombres poderosos seducen. Son los hombres inseguros los que acosan, los que sienten la necesidad de usar su poder social para obtener sexo. Pero esta inseguridad no es una novedad.

 

Entendemos que en las páginas de citas, un hombre tiene que ganar 40.000$ más al año para parecer tan interesante como un hombre que es un centímetro más alto que él. Este sentido sesgado de la masculinidad es social. Los hombres lo interiorizan, los jóvenes lo interiorizan y las personas que los educan lo interiorizan.

 

Y eso nos lleva a reflexionar en la sexualidad masculina. ¿Sabías que el 97 % de todas las búsquedas sobre el bajo deseo sexual se hacen en mujeres? ¿Qué significa eso? Presupone que los hombres jamás carecen de deseo sexual porque los hombres siempre están «interesados», ¿verdad?

Mito #1: «La sexualidad masculina se define como biológica y la femenina como psicológica»

Esto es un viejo mito que debemos derribar: que la sexualidad masculina es biológica, indiscriminada, en continua búsqueda de una salida, mientras que la sexualidad femenina necesita que se cumplan algunas condiciones relacionales. Pero los hombres aportan indispensables inseguridades a la sexualidad que nos llevaron a entender que la sexualidad masculina es, de hecho, muy relacional, nada simplista y sólo biológica. Pensemos en el miedo al rechazo. ¿No es una vivencia relacional? ¿Y el miedo a la insuficiencia y la ansiedad por el desempeño? Si eso no provoca que la sexualidad masculina sea enormemente relacional, entonces no sé qué lo haría.

 

Mito #2: «La sexualidad masculina es depredadora»

El New York Times publicó un artículo entero acerca de cómo es depredadora por naturaleza. Pretendía decir que eso no es de esta forma. No es la naturaleza depredadora de la sexualidad masculina lo que ocupa a los hombres: es el miedo a ser depredador.

 

Los hombres heterosexuales en relaciones comprometidas dicen a menudo: «Nada me excita más que verla a ella excitada». El hombre es dependiente de la respuesta de la mujer para comprobar que la está complaciendo y no la está lastimando. Y ahí -en su preocupación por la vivencia de ella- está la línea que divide el sexo de la crueldad. Esto además es enormemente relacional. El sexo comprado o el porno se buscan normalmente exactamente por este motivo.

 

Por lo contrario, ¿has escuchado en algún momento en tu oficina a una mujer decir: «Nada me excita más que verle excitado»? No, es sin importancia. Él puede estar parado con una erección completa, y a ella no le excita ni lo más mínimo. Si a ella no le agrada, no le agrada. ¿Por qué? Porque lo que la excita es ser ella la que se excita. Si para el hombre el miedo depredador es el bloqueo erótico central, para la mujer es la carga de los cuidados lo que se interpone en el sendero para conectar con su yo erótico. Necesita saber que todo el planeta está bien, y que está libre de cuidados, antes de poder centrarse totalmente en sí misma y en su exitación.

Mito #3: «Todo lo que él quiere es sexo»

No, no es de esta forma. Pero si la inocencia, la suavidad, la cercanía, el tacto, el aprecio… si todas esas cosas no pertenecen a la identidad de un hombre, entonces el sexo se transforma en la exclusiva cerradura por medio de la cual puede presenciar alguna de ellas. Lo que hace aparición como su singular determinación por el sexo frecuenta esconder sus verdaderas necesidades: el sexo es la exclusiva forma socialmente aceptable de presenciar esos sentimientos. Si deseamos que esto cambie, debemos crear una cultura donde los hombres logren expresar sus necesidades por medio de algo más que el código masculino del sexo.

Como terapeutas, poseemos un papel exclusivo ahora mismo para ayudar a todos a andar por los retos de la relación actualizada. Nuestras relaciones están experimentando cambios masivos, y tenemos la posibilidad de ayudar a la gente a establecer diálogos valientes para hablar de lo menos habitual. Para muchos de nosotros, los terapeutas, pueden ser la primera vez que tengamos estas diálogos. Pero hay algo que no cambia y que provoca que nuestro trabajo sea siempre significativo: la calidad de nuestras relaciones es lo que establece la calidad de nuestras vidas.

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