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La historia del consolador

En este artículo hablaremos de la historia del consolador, ya que no desde siempre ha sido visto como un sextoy.  En el momento moderno del feminismo sex-positive, abundan las loas a la capacidad orgásmica del vibrador. «Son envolventes, un mantón de electricidad, que recorrerá tus venas, generando clímax que no sabías que eras físicamente capaz de tener», escribió Erica Moen en su webcómic «Oh Joy Sex Toy». Los vibradores van actualmente de la mano de la masturbación y la sexualidad femenina.

No obstante, para las amas de la casa estadounidenses de los años 30, el vibrador se parecía a cualquier otro electrodoméstico: una nueva tecnología eléctrica no sexual que podía marchar con exactamente el mismo motor universal que sus batidoras de cocina y aspiradoras. Antes que se abaratase la producción de motores pequeños, los fabricantes vendían una base de motor única con accesorios separados para una serie de actividades familiares, desde limar madera hasta secar el pelo, o bien sanar el cuerpo con vibraciones eléctricas.

En mi investigación sobre la historia médica de la electricidad, los vibradores aparecen al lado de los cinturones de baterías galvánicas y las electroterapias de sanaderos como una de las múltiples curas caseras peculiares de principios del siglo 20.

El consolador: bueno para la salud

El primer consolador electromecánico fue un aparato llamado «percuteur», inventado por el médico británico Joseph Mortimer Granville a fines de la década de 1870 o bien principios de la de 1880. Granville pensaba que la vibración impulsaba el sistema inquieto humano y desarrolló el consolador como dispositivo médico para ayudar los nervios enfermos.
La opinión médica actual mantenía que la histeria era una enfermedad inquieta, pero Granville se negaba a tratar a pacientes femeninas, «sencillamente pues no deseo que me engañen… con los caprichos del estado histérico». El consolador empezó como una terapia solo para hombres. De manera rápida salió de la esfera de la práctica médica dominante.

A inicios del siglo XX, los fabricantes vendían algún que otro consolador como electrodomésticos ordinarios. Los beneficios de la electricidad en el hogar no eran tan evidentes entonces como ahora: la electricidad era peligrosa y cara, mas prometía emoción y modernidad. Los productos eléctricos, como las máquinas de coser y las lavadoras, se transformaron en el propio de la creciente clase media.
El consolador era otra tecnología nueva y refulgente, empleada para vender a los usuarios la perspectiva de la vida eléctrica moderna. De la misma manera que los bancos repartían tostadoras gratis por abrir cuentas bancarias en los años 60, en la década de 1940 la Administración de Electrificación Rural distribuyó consoladores gratis para animar a los labradores a electrizar sus hogares. Estos modernos aparatos eléctricos no se consideraban juguetes eróticos.

Aceite de víbora consolador

Lo que puede parecer sorprendente para los lectores del siglo XXI, es que el consolador prometía un alivio de tipo no sexual. Usuarios de todas y cada una de las edades hacían vibrar prácticamente todas las unas partes del cuerpo, sin pretensión sexual.
El consolador facilitaba las labores familiares al aliviar los dolores de las amas de sus casas cansadas, los lloros de los pequeños enfermos y los cuerpos de los trabajadores modernos. Se aplicaban a la espalda fatigada y a los pies doloridos, mas asimismo a la garganta, para sanar la laringitis; a la nariz, para calmar la presión de los senos nasales; y a todo lo demás. El consolador prometía aliviar los estómagos de los bebés con cólicos y alentar el desarrollo del pelo en los hombres pelados. Aun se creía que podía asistir a sanar huesos rotos.

Un anuncio de 1910 en el New York Tribune declaraba que «La vibración destierra las enfermedades como el sol destierra la bruma». En 1912, el consolador Hamilton Beach «New-Life» venía con una guía de instrucciones de 300 páginas titulada «La salud y de qué forma lograrla», en la que se ofrecía una cura para todo, desde la obesidad y la apendicitis hasta la tuberculosis y el vértigo.

Como sugieren estos anuncios, el consolador no era un tratamiento médico estándar, sino más bien charlatanería médica, medicina no tradicional que no cumplía sus promesas. No obstante, los antídotos eléctricos se vendieron por millones.
La manera tradicional de charlatanería médica en el mercado estadounidense era la medicina de patente: brebajes esencialmente inútiles hechos primordialmente de alcohol y morfina, que en ocasiones contenían ingredientes sinceramente perjudiciales como el plomo y el arsénico. Tras la aprobación de la Ley de Comestibles y Fármacos Puros en mil novecientos seis, el gobierno federal comenzó a regular la venta de fármacos de patente.

El consolador y otras electroterapias no estaban cubiertos por la nueva ley, con lo que ocuparon la cuota de mercado de los viejos brebajes médicos. El consolador White Cross reemplazó al jarabe calmante de la Sra. Winslow como una cura casera popular rechazada por el estamento médico.

En 1915, el Journal of the American Medical Association escribió que el «negocio del consolador es un engaño y una trampa. Si tiene algún efecto es psicológico». El negocio era peligroso no pues fuera impúdico, sino más bien pues era mala medicina. La posibilidad, reconocida por los médicos, de que el vibrador se utilizara en la masturbación era una prueba más de su charlatanería.

Una cura para la enfermedad de la masturbación

La estudiosa de los juguetes eróticos Hallie Lieberman apunta que prácticamente todas las compañías de consoladores de principios del siglo XX ofrecían accesorios fálicos que «habrían sido considerados indecentes si se hubiesen vendido como consoladores». Presentados, en cambio, como dilatadores rectales o bien vaginales, estos dispositivos debían sanar las hemorroides, el estreñimiento, la vaginitis, la cervicitis y otras enfermedades localizadas en los genitales y el ano. Hamilton Beach, por servirnos de un ejemplo, ofrecía un «aplicador rectal singular» por «un costo auxiliar de uno con 50 dólares estadounidenses», y aconsejaba su empleo en el tratamiento de la «Impotencia», las «Almorranas-Hemorroides» y las «Enfermedades Rectales».
Las 2 más señaladas estudiosas de la historia de los vibradores, Rachel Maines y Hallie Lieberman, mantienen que los vibradores siempre y en todo momento fueron en secreto sexuales, mas no estoy conforme. El consolador era un dispositivo médico muy popular. Uno de los múltiples usos médicos del consolador era sanar enfermedades de disfunción sexual. Y este empleo era un punto de venta, no un secreto, a lo largo de una temporada de oratoria antimasturbatoria.

Los accesorios singulares del consolador, como el aplicador rectal, ofrecían inciertos tratamientos para inciertas enfermedades: antídotos para enfermedades aparentemente ocasionadas por la «ruinosa y prevalente masturbación».

Se creía que la masturbación ocasionaba enfermedades como la impotencia en los hombres y la histeria en las mujeres. La enfermedad masturbatoria era una idea bastante frecuente a inicios del siglo XX. Una de sus fórmulas supervivientes es la idea de que masturbarse hace que uno se quede ciego.

No hay forma de saber verdaderamente de qué manera utilizaba la gente los vibradores. Mas la patentiza sugiere que significaban un tratamiento médico, no una masturbación pecaminosa, con independencia del empleo. Aun si los usuarios efectuaban acciones físicas que la gente el día de hoy considera como masturbación, no comprendían que se estuviesen masturbando, y por consiguiente no lo hacían.

Repensar la historia del vibrador

A lo largo de la mayoría del siglo XX, el consolador prosiguió siendo una charlatanería inocua. En la década de 1950, la gaceta Good Housekeeping aun dio su sello de aprobación a ciertos modelos. Cuando la revolución sexual llegó a USA en la década de 1960, los vibradores se transformaron en aparatos obsoletos y olvidados.

En la década de 1970, las feministas convirtieron el vibrador de una reliquia de la domesticidad del pasado a una herramienta de liberación sexual femenina. En los talleres de bodysex de Betty Dodson, las vibraciones eléctricas cambiaron «los sentimientos de culpa por la masturbación por sentimientos de celebración, de forma que la masturbación se transformó en un acto de amor propio». Ella y sus hermanas abrazaron los vibradores como una tecnología política que podía transformar a las frígidas amas de la casa anorgásmicas en poderosos seres sexuales capaces tanto de tener múltiples clímax como de destruir el patriarcado.

Esta revuelta masturbatoria borró la desvaída reputación del consolador como cura de la enfermedad masturbatoria y la reemplazó por un vínculo concreto, poderoso, público y durable entre el vibrador y la práctica masturbatoria femenina.

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